La palabra perdida y el Martinismo valenciano-galo-galaicoportugués

«Y era su nombre, la palabra de Dios». Esta palabra de Dios, que es el Verbum demissum o misterio alquímico y la palabra perdida de los masones medievales, designa el secreto material sólo reservado a iniciados cuya revelación constituye el don de Dios, sólo reservado a unos pocos escogidos capaces de recorrer de nuevo hacia atrás ese recorrido de oscurecimiento espiritual, para volver, pasando a través de numerosas etapas, al estado primigenio, y desde éste revelada y encontrada en nosotros mismos la palabra perdida, y desde aquí elevarse hasta la gnosis perfecta una vez culminada la vía iniciática emprendida aquel día en que nos damos, por fin, cuenta de nuestra desdicha y perdición innata.

Ya lo plasmó San Juan el Teólogo, en su Apocalipsis o Revelación: «Y vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él, era llamado Fiel y Verdadero, el cual con justicia juzga y pelea. Y sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno entendía sino él mismo. Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es llamado El Verbo de Dios. […] Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores.» (Apocalipsis 19, 11-13 y 16)

Siglos después, a finales del XVIII o el de las Luces, Louis-Claude de Saint-Martin (1745-1803) más conocido como el Marqués de San Martín escribió Des erreurs et de la verité, 1775 (De los errores y de la verdad) en el que dio a conocer lo esencial del iluminismo al gran público de su tiempo. Se encuentra en él, un estilo más enigmático, la doctrina tan antigua y universalmente recibida de los dos principios, uno bueno y otro malo, del antiguo estado de perfección del hombre, de su caída y de su posibilidad de rehabilitarse; en una palabra, todas las ideas de su prócer y maestro, el afrancesado teósofo judeo-¿valenciano o portugués? Martínez de Pasqually (1727-1779). A este fin instituyó un nuevo rito iniciático iluminista que le hizo famoso bajo el nombre de Martinismo. El iluminismo martinista es preteritista, debido a que el hombre es un ser caído, y el crimen original del que se hizo culpable ha tenido una resonancia cósmica: toda la creación está enferma con él y por su culpa. La idea principal es la de la caída, únicamente salvada por una palabra cuyo origen es divino; sólo Dios puede instituirla. El espíritu del hombre no es una tabla rasa; es, como escribe Saint-Martin, una «tabla rasada», una planta cuyas raíces subsisten y no esperan sino «la reacción conveniente para germinar».

Por lo tanto, la inquietud de nuestras almas humanas no sería ni un principio saludable de actividad ni el efecto de errores cometidos por nosotros los hombres en la organización racional de nuestras vidas: es (citando una vez más a el Marqués de San Martín) «el signo de la alteración evidente que el hombre ha sufrido». Luego, el hombre no es en sí mismo ni digno ni capaz de hacerse feliz: su objetivo debe ser el de una «reintegración», una «transformación» que deberá merecer por el desprendimiento y alcanzar por la plegaria. Sería ayudado en este camino de retorno por el desciframiento de una palabra original perdida, por el estudio de la mística de los números (el uno designa al Creador, la unidad inicial del Ser; el dos, la ruptura de esa unidad; «número de confusión» según De Pasqually; el tres, según Saint-Martin, el mundo material con sus dimensiones espaciales…) y finalmente los ritos de iniciación.

Mención especial merece ese misterioso novador apellidado Martínez/Martines De Pasqually-Pasquallu/Paschalis. Su cristianismo es el de una gnosis; su marco, el de las logias masónicas y de las sociedades secretas de iluminados; su ambición, la de una teúrgia en el que el sentimiento religioso tiende a prolongarse en acción mágica sin necesidad de la intervención de un rígido corpus doctrinal como p. ej. el establecido por un cristianismo católico devenido en Romanismo. Sus tesis las recoge su Traité de la réintégration, 1772 (Tratado de la reintegración) publicado en 1819. Su doctrina mística se ingirió en la propia Masonería en 1754, consignada en el rito de los elegidos coën o sacerdotes.

El sistema de este rito, creo que abandonado hoy día, abraza la creación del primer hombre, su castigo, las penas del cuerpo, del alma y del espíritu, de aquel a quien prueba. El objeto que se propone la iniciación es regenerar al sujeto, reintegrarle en su primitiva inocencia y en los derechos que ha perdido por el pecado original. En mi opinión, resulta muy interesante ese rito por toda la carga simbólica y practicidad regeneradora que entraña. Se divide en dos partes distintas. En la primera, el postulante no es a los ojos del que le inicia sino un compuesto de barro y de cieno. Este no recibe la vida sino a condición de que no ha de probar del fruto del árbol de la ciencia. El neófito hace promesa de cumplirlo, pero es seducido, quebranta su palabra y por ello es castigado y precipitado a las llamas. No obstante, si por medio de trabajos útiles y de una conducta virtuosa y ejemplar repara su falta, renace a una vida nueva. En la segunda parte, el postulante se halla animado de un soplo divino, está apto para conocer los secretos más ocultos de la naturaleza, y la alta química, la cábala, la adivinación y la ciencia de los seres incorpóreos le son muy familiares.

Por lo leído en la Historia de la Francmasonería de F.T.B. Clavel, «Martínez Paschalis introdujo ese rito en algunas logias de Marsella, de Tolosa y de Burdeos. En 1767 la extendió a París, donde hizo algunos prosélitos aislados. En el número de sus más fervientes discípulos contó Paschalis al barón de Holbach, autor del Sistema de la Naturaleza; a Duchanteneau, a quien se deben los cuadros místicos más buscados por los amadores de este género de estudios, y finalmente al marqués de San Martín, oficial del regimiento de Foix, que fue su continuador

Digna de mención es la labor reguladora llevada a cabo a principios del siglo XX por el psiquiatra francés (coruñés de nacimiento), el doctor Gérard Encausse, de nombre mistérico Papus cuyo maestro fue el Dr. Isidro Villarino del Villar (fundador de la «Respetable Logia Humanidad» de París, introductor en Francia del llamado Rito Español y co-fundador en España de la Gran Logia Simbólica del Antiguo y Primitivo Rito de Menfis-Mizraím), que fundamentó la vía martinista de la Masonería española contemporánea; último testigo mudo de una relación de grupos misticorreligiosos ―no únicamente francmasones― como los «Alumbrados» de la España del siglo XVI que se creían directamente iluminados por Dios, sin la ayuda de los sacramentos, y los Iluminés de la Francia del siglo XVII, que afirmaban recibir inspiración directa del Espíritu Santo.

Como corolario a éste, entiendo preciso intentar tratar, al menos, de trovar esa alumbradora palabra perdida, para no seguir perdidos en el laberinto a oscuras de nuestro nítido pecado original. Y ese camino valenciano-galo-galaicoportugués no parece desencaminado.

 

Bibliografía utilizada y recomendada:

Belaval, Yvon. Racionalismo, Empirismo, Ilustración (Hª de la Filosofía; Vol. 6), Madrid: Siglo XXI Editores, 1982.

Chevallier, Pierre. La Masonería francesa del siglo XVIII al XX. Historia 16, Extra IV-Noviembre 1977.

Clavel, F.T.B. Historia de la Francmasonería. Madrid: Ed. El Museo Universal, 1984.

Autor: Ramón Guillén para el Foro de Debates de la Fundación Civil.

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