Mantener la cabeza fría, pero sin confundir la película

No lo está teniendo fácil el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Tal y como recoge este artículo de José Luis González Quirós en El Confidencial, el Ejecutivo “no necesita más presencia de la que tiene, ya se encargan los periodistas de forzar la novedad con cualquier disculpa, sino mayor coherencia y ambición, mayor serenidad, en cualquier caso”.

Las circunstancias no están siendo nada misericordiosas con Rajoy, cosa sabida pero cuya aspereza está superando las expectativas más pesimistas. Que no se producirían milagros lo sospechaban hasta los adictos, lo que no sabíamos es que el Gobierno fuese a tener tantas vacilaciones como ha tenido, y jugase con fuego, y con tan mala fortuna, a propósito de las andaluzas. Ahora, el mal está ya hecho, y no sirve de nada lamentarlo, lo que importa es aprender.

Hay quien reclama a Rajoy mayor presencia, pero ese mensaje confunde la abundancia con la calidad. El Gobierno no necesita más presencia de la que tiene, ya se encargan los periodistas de forzar la novedad con cualquier disculpa, sino mayor coherencia y ambición, mayor serenidad, en cualquier caso. Ayer, tanto Rajoy como la vicepresidenta estuvieron bien en el Parlamento contestando a Rubalcaba y a su mano derecha, aunque bien harían estos en tratar de decir cosas menos estupefacientes, sobre todo si pretenden, como dicen, apoyar al Gobierno de España mientras se discute si nos espera el desastre o la ruina.

No basta, sin embargo, con quedar mejor que el PSOE, porque quien escucha es la calle, y hasta puede que los famosos mercados. Estos oyentes están ya un poco hartos de mirar al pasado, y esperan que se haga algo que no se ha hecho, algo más que recortar, definir un política de fondo para que la sociedad española pueda tener una esperanza a la que asirse.

 Yo no sé si será cierta la cifra que circula sobre las 400.000 personas que viven de la política, cuatro veces más que en Alemania, pero a estas alturas resulta obvio que podríamos ahorrarnos gran parte de los muchos miles de millones de euros anuales que nos cuestan, sin que nada empeore, antes al contrario. Le vendría bien al presidente, y a otros muchos, ver el reportaje de un alpinista cuya mano había quedado atrapada en una grieta y que comprendió pronto que habría de cortársela si quería sobrevivir. Lo que no dijo el alpinista en ningún momento es eso de que “ni se lo planteaba”, sino que procedió a amputarse la mano una vez que comprendió que no le quedaba otra. Hasta ahora, los Gobiernos de España, éste y el anterior, han tenido que hacer de manera tardía, y sin gracia alguna, lo que hubieran debido hacer a su tiempo y con alguna grandeza. Pues bien, el Gobierno tiene que dejarse de hacer declaraciones y de recortar partidas que, en el fondo apenas se tocan, y proponer a los españoles una redefinición del espacio público, de sus empleos y de sus costes, porque los españoles saben perfectamente que eso no es todavía la solución, aunque sí es un paso muy necesario para llegar a tenerla. Puede que al Gobierno le resulte molesto tener que hacer política, y dejar de hacer buena administración, pero ya debiera tener experiencia suficiente sobre lo conveniente que es hacer las cosas antes de que te obliguen a hacerlas.

Hasta un necio sabe que los males que padecemos necesitan cirugía mayor, y que eso no se podrá hacer con facilidad si el PSOE insiste en ponerse estupendo, de manera que el Gobierno habrá de intentar, sin pausa y con toda energía, llegar a acuerdos de fondo para cambiar por completo la estructura del Estado y de la Administración, cambio sin el que todos las reformas quedarán en parches y todo sacrificio resultará inútil. A estas altura de la crisis hay que dejar de mirar a los mercados como si lo que nos pasa fuera una tempestad pasajera, y dedicarse con toda determinación a redefinir este Estado gastador e ineficiente que nos está aplastando, sin que esto tenga que confundirse con ninguna recentralización, porque los ocios y los dispendios no están solo en la periferia sino hasta en las mismas barbas de la Moncloa. Esto es lo que quieren los votantes, y puede que eso sea lo que teme la oposición, pero si el plan se formula con claridad y con rigor, nadie osará enfrentarse, salvo que quiera quedar reducido a cenizas. El Gobierno debería abstenerse de la tentación de aprovechar la oportunidad para machacar al adversario, que ya lleva lo suyo, y, por el contrario, tratar de propiciarle una posición honrosa, porque lo que está en juego no admite medias tintas, ni es cosa de unos decimales en las encuestas.

Hay que mantener la cabeza fría y la determinación muy cierta y firme, sin preocuparse del público que sabe ser paciente cuando está cierto de que el cirujano y su equipo están operando porque está en juego la vida del afectado. No hay que perder tiempo en desmentir a Krugman, como si estuviésemos en una operación de imagen, sino hacer lo que hay que hacer para arreglar a fondo nuestros problemas y, entonces, sus profecías quedarán bien pronto en evidencia.

A Mariano Rajoy, que seguramente hubiera valido para líder discreto, le ha tocado una ardua papeleta de hombre de Estado, y no le queda otra que ser triturado o hacer una política de altura. Eso sí, tiene cada vez menos tiempo para ver si es ya momento de empezar.

José Luis González Quirós es analista político.

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