Galgos o podencos, o el arte de desviar la atención

Artículo de José Luis Quirós en El Confidencial, en el que hace un repaso de la situación actual en torno a la situación económica perot ambién política de nuestro país.  “Al poner el ojo en los supuestos defectos del sistema europeo, en la actitud del BCE, en los fallos del euro, estamos perdiendo la oportunidad de ser honestamente críticos con lo que nos ocurre, y no damos sensación de que nuestros males puedan encontrar remedio sin intervención del gendarme”. Os dejamos el texto completo.

Cualquier observador de lo que nos pasa podría deducir que asistimos a un más que notable desconcierto, sin provecho claro para nadie. El Gobierno, que ha dicho saber dónde se metía, no ha dado nunca sensación de equipo bien entrenado, de saber lo caras que podían salirle caras las vacilaciones, los cambios de criterio, las improvisaciones y los digo-diegos. Si se interpretasen algunas de sus afirmaciones en tono de comedia podrían haber hecho carrera, pero no es el caso. Los comentaristas más piadosos hace ya tiempo que han dejado de hablar de fallos de comunicación, que es disculpa tan vieja como inane.

Fruto de este desconcierto, los españoles nos preguntamos de nuevo con gran intensidad qué va a pasar, convencidos de que nos puede ocurrir cualquier cosa, salvo quizá que vuelva Zapatero. La escena es, por tanto, disparatadamente quijotesca; cada quien ve gigantes o molinos según le pille el ánimo, porque aquí se suman miles de millones con la misma galanura con la que el Gran Capitán dio cuenta de su campaña italiana: “Picos, palas y azadones, dos millones”.

Para enjuiciar el caso, habría que recordar, en primer lugar, que estas cosas que nos pasan no ocurren ni por asomo en Dinamarca, en Finlandia, en Inglaterra o en Holanda, en cualquier otro lugar de la vieja Europa en el que impere una ética pública mínimamente exigente, y donde las cuentas se rindan con un mínimo de garantías, es decir, todo lo que aquí se han encargado de derribar, sin apenas disimulo, las grandes fuerzas políticas para su mayor solaz y provecho. Hace falta ser un auténtico cínico para no sentir honda vergüenza por el espectáculo del órgano de gobierno de los jueces tapando las torpezas de su jefe, y por un ministro del ramo dedicado a alabar nuestra peculiar división de poderes con ocasión tan desafortunada. Hasta que el señor Dívar no abandone el estrado, nadie podrá creer que algunas reformas, cuyo logro es esencial, puedan ser viables.

Al poner el ojo en los supuestos defectos del sistema europeo, en la actitud del Banco Central, en la burocracia comunitaria, en los fallos del euro, estamos perdiendo la oportunidad de ser honestamente críticos con lo que nos ocurre, y no estamos dando ninguna sensación de que nuestros males puedan encontrar remedio sin intervención del gendarme, de los hombres de negro como los ha llamado el dicharachero Ministro de Hacienda.

El Gobierno pretende tratar nuestros males como si padeciésemos una enfermedad ocasional, cuando se encuentra ante un trastorno mucho más grave, frente a un mal del que él mismo es víctima. Habría que decirles, una y otra vez, lo contrario del famoso cartel que se fabricó Clinton para no perderse en la campaña: “Es la política, no la economía, estúpidos”. Lo que ocurre es que en el Gobierno abundan los que creen que la política es una cosa nefanda, nada que no puedan arreglar unos cuantos abogados del estado con ambición, con relaciones y hasta con idiomas.

Mientras no se aborde el problema principal, será como escribir en el agua. Y ¿en qué consiste? Tan sencillo como lo siguiente: el sistema político de 1979 está a punto de saltar por los aires ante el estupor de quienes deberían saber gobernarlo, y ya no pueden. Como en 1977, estamos ante una situación sin aparente salida, y lo sensato será apostar, de nuevo, por la reforma, pero no por hacer unos cuantos decretos más, de poco o mucho, que ya se ve lo que duran, sino por volver al pacto constitucional, a reconocer que se necesitan cambios profundos porque lo que ha fallado no son, únicamente, defectos o abusos de detalle sino algo esencial a la arquitectura misma de cualquier democracia.

No hay ni rastro de poliarquía; la Justicia no funciona ni es independiente; los partidos, incapaces de gestionar el dinamismo social, no son democráticos, contra lo que establece específicamente la Constitución, que, en este punto, deberá ser desarrollada y perfilada; la selección de las élites parece diseñada, además de para proteger a sus familiares, para recompensar a los más torpes; la corrupción política alcanza niveles que sonrojarían a un bucanero; la mentira se estima como habilidad; el descontrol y el despilfarro  de los fondos públicos  es pasmoso, etc. etc.

El Gobierno parece sentir cierto asombro de que las cosas no se calmen y parezcan ir a peor, pese a sus intentos de arreglar la fontanería, pero el mal es mucho más de fondo y el presidente del Gobierno, que por algo ha obtenido una mayoría absoluta, tendrá que empezar a pensar que su misión no puede reducirse a tratar de agotar una legislatura ordinaria, porque nada de lo que sucede es normal, sino extraordinariamente grave, y no se pueden tratar las dolencias de fondo, que pudieran ser terminales, limitándose al manual de primeros auxilios.

La solución no puede venir de fuera, si no queremos ser una colonia. Ahora bien, será enteramente imposible si cada cual no sabe cumplir con su deber.

*José Luis González Quirós es analista político

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2 Responses to “Galgos o podencos, o el arte de desviar la atención”

  1. Como española que soy, lo que más ANHELO hoy en día en todo esto,
    es una profunda y verdadera: REFORMA POLÍTICA.

    #ReformaPolítica# *Incluyso, actuando -ya- sobre la marcha….

  2. INCLUSO!! reformando -en lo posible- YA, sobre la marcha…..
    #ReformaPolítica

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