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Queremos administrar lo nuestro

En relación al pasado artículo (si no la haces, te la hacen) proemio de éste, y con el fin de precisar, por un lado, y ahondar por el otro, algunos aspectos que considero relevantes a la hora de explicar y entender aquello de la «cuestión valenciana» o «la valencianía», me gustaría contribuir, con esta nueva entrega, a despejar algunas dudas sin pretender en modo alguno que mis conclusiones sean artículo de fe para nadie, y partiendo en todo momento de la premisa de que, para mí, la realidad de la unidad peninsular es incontrovertible.

Pues, bien, y ante ese futuro de la Sociedad Civil española que ya apunta en lontananza, del que tanto venimos escribiendo y que acaba de comenzar políticamente hablando desde el pasado 24 de junio, fiesta litúrgica de san Juan Bautista, cuando se publicara en La Gaceta el artículo de opinión Sociedad civil y poder político (M. C.); es imprescindible que desde la Sociedad Civil valenciana nos hagamos estas preguntas: ¿Cuál va a ser nuestra presencia en ese futuro, en tanto que valencianos? ¿Cómo se va a producir y, más concretamente, cuál va a ser nuestro específico futuro? Habrán quienes respondan que, en gran medida dependerá, claro está, de lo que nosotros queramos que sea. Lo que supone una toma de conciencia previa, a la hora de reivindicar el valencianismo político.

Pienso que, desde nuestra realidad comunitaria, desde nuestra existencia como pueblo, se nos plantean dos caminos o escenarios en los que desarrollarnos políticamente, aprovechando la oportunidad brindada por el SCD: a) Seguir como hasta ahora, sin ningún peso específico, sin cohesión alguna, en manos del sucursalismo de turno PSOE-PP, y siempre sumisos al dictado del jacobino poder central afrancesado, sin influir en él para nada, como meros sujetos pasivos o ninots de feria, o, por el contrario, b) Tomar conciencia de nuestra propia personalidad, de nuestra realidad concreta y diferenciada, y disponernos a preparar la maleta y hacer acto de presencia el próximo 6 de octubre en su Congreso Constituyente, en ese futuro, unidos alicantinos, castellonenses y valencianos en bloque, sabiendo lo que queremos y haciendo patente desde el principio, desde ese día, nuestra voluntad de estar presentes como ciudadanos de nuestras treinta comarcas y región, en la misma medida que otros pueblos hermanos españoles lo hagan como tales, y con nuestra propia autonomía cívico-política.

Luego, el momento es crucial e importantísimo. De lo que el 6 de octubre decidamos comenzar a hacer dependerá que se nos empiece a tomar en consideración a nivel estatal. Así mismo, en mi opinión, conviene que reflexionemos serenamente sobre otras dos cuestiones: ¿Estamos convencidos, las gentes de esta tierra, de que queremos una organización autonómica partidocrática que no ha logrado romper en treinta años con la postergación, la despersonalización y la poca atención que, tradicionalmente, veníamos soportando, a su vez, en la anterior estructura autoritaria centralizada del régimen pre-constitucional? ¿Es que no ha llegado ya la hora de que la Sociedad Civil del País Valenciano tome conciencia de sí mismo y se pronuncie reivindicando el peso que nunca hemos tenido y que merecemos por muchísimos conceptos y razones? En este sentido, y tomándole el testigo dejado tras el cónclave constituyente del SCD, creo muy necesario que la Sociedad Civil valenciana grite un ¡basta! A nuestra indeferencia, a nuestra pasividad, a nuestra falta de fe en nosotros mismos, en lo que somos, en lo que podemos llegar a ser y en lo que representamos y podemos llegar a representar próximamente gracias a la plataforma política que pondrá a disposición de todo el Estado español el SCD.

Porque de eso se trata: de que todos los simpatizantes y futuros afiliados y militantes de esa formación política, pero de esta tierra, hagamos una profesión de fe valenciana, una profesión de fe en la comunidad política que formamos, en el pueblo que somos. Pero una profesión de fe que vaya más allá del folclorismo de falla, casal, filà, racó o foguera, que es a lo único que unos cuantos quisieron y quieren limitar la valencianía. Se trata, por tanto, de una profesión de fe cívica, de una profesión de fe democrática. Y en esto, a mi juicio, no caben medias tintas o tibiezas: O proclamamos desde ese mismo día, que somos un pueblo con derecho al mismo papel político que los demás pueblos hispánicos y nos convencemos, además, de que nuestros intereses de futuro exigen no sólo esa autonomía política, sino la organización de nuestra convivencia cívica, en el marco de la misma, bajo fórmulas auténticamente democráticas que el SCD plantea, o nos quedamos como en otras ocasiones, viendo cómo los demás son reconocidos y respetados en su identidad, mientras nosotros los valencianos continuamos con nuestro meninfotisme como hasta ahora, en un ni carn, ni peix o ni xixa, ni llimonà, sujetos al sucursalismo más dócil y sumiso, sin capacidad de iniciativa.

Según mi entender, los valencianos debemos querer estar presentes con voz y voto, en la configuración de la futura Sociedad Civil y Política española, para que gran parte de nuestra problemática en diversos órdenes, económico, social, sanitario, cultural, ecológico, educacional, urbanístico, etc., pueda ser resuelto por los convecinos de las tres provincias hermanas de Alicante, Castellón y Valencia, contando, como es lógico, con los medios necesarios: legales, financieros y fiscales. Debemos, a su vez, considerar, como algo que ha de pasar a la historia, el tener que estar pendientes de que llegue o no llegue el preboste de la capital del Reino para decirnos que «hemos tenido suerte y que nos van a construir la carretera». La carretera debemos poder construírnosla nosotros con nuestros medios y esfuerzos, sin esperar la aquiescencia paternalista de nadie foráneo. Entiendo que, no pedimos más que los demás. Pero no debemos estar dispuestos a conformarnos con menos, ¿verdad?

En definitiva, lo que importa, sin embargo, no es el pasado que acaba el próximo 6 de octubre, sino el futuro en ciernes y en ese futuro sería bastante triste que los valencianos volviésemos a las andadas que nos han traído la: 32 Copa América, la F1, Terra Mítica, la ruinosa Ciudad de la Luz, ¿el Palacio de Congresos de Alicante?, los onerosos proyectos de Calatrava y su derroche arquitectónico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el aeropuerto fantasma de Castellón o la infrautilizada Marina Real Juan Carlos I, y demás disparates perpetrados durante los sucesivos mandatos populares, que han traducido y malversado su apoyo en las urnas en el andamiaje de una febril y delirante política inmobiliaria-urbanística cuyas consecuencias está pagando toda la ciudadanía, menos ellos claro.

Como última idea, y tomándole al pie de la letra al autor del artículo reseñado en el exordio: «queremos administrar lo que es nuestro, ser cuando menos algo dueños de nuestro destino»; mi único deseo para todos los alicantinos, castellonenses y valencianos es que en la elección del grupo político que nos represente ―para mí el SCD―, seamos consecuentes con nuestra forma de pensar, de cómo queremos vivir, de cuáles son los ideales e intereses que deseamos defender en pro de la Sociedad Civil como los más válidos según el buen criterio de cada cual, para la grandeza de Valencia y de España.

 

Autor: Ramón Guillén para el Foro de Debates de la Fundación Civil.

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