Amarguras y la facticidad

«Hay lo que hay y no otra cosa». Ese parece ser el leitmotiv en el que se habría instalado la sociedad española. Eso se denomina: La facticidad. En España impera la exaltación de lo establecido y la aceptación acrítica de una situación dada. En relación a nuestro sistema político partidocrático, de forma tácita o expresa, no es infrecuente encontrar formulaciones de este tipo en la cultura popular dominante. Quién no ha oído en cualquier bar expresiones tales como: «Todos los políticos son iguales», «tú si estuvieses donde ellos harías lo mismo», y claudicantes frases hechas por el estilo. Late en ellas, junto a la apuesta por el llamado «pensamiento débil» que renuncia a toda asunción de responsabilidades políticas, civiles e individuales, un arraigado escepticismo frente a los conceptos que el partido SCD defiende ante la opinión pública, una declarada alergia a las grandes palabras, letras o aforismos…, un resentido desencanto por las grandes promesas, una aversión a cualquier forma de esfuerzo personal o colectivo.

Esta renuncia a todo ideal que trascienda lo establecido por el Sistema o el gozo frívolo del momento, del «aquí y ahora», o el egoísta e insolidario: «Mientras a mí no me toque», «mientras los míos estén bien y no les falta de nada», no es de extrañar en un país como el nuestro, cuya «ciudadanía» (por decir algo) si no es capaz de corresponsabilizarse en la cosa pública mas que cuando juega la selección española o hay elecciones, ¿Cómo le va a exigir a su clase política sus correspondientes responsabilidades representativas? ¿Cómo le va a exigir altura de miras y políticas a largo plazo, si ésta también practica como aquélla el «quién venga detrás que arree» y el «maricón el último»?

Menos aún, y viendo el panorama de las nuevas generaciones, ¿Qué podemos esperar de la mayoría absoluta de los más jóvenes? Ésos opiados ninis que han sucumbido inermes, y cuyas únicas armas cívico políticas son un teléfono móvil cámara con Whatsapp con el que dilapidan miserablemente su tiempo escribiendo pueriles o soeces mensajes repletos de faltas ortográficas, y balbuceantes frases con léxico mixtura de parvulario y germanía de presidio. Perdóneseme esta visión estilo un tanto Robert de Niro en Taxi Driver, pero como no soy político profesional que tenga que salvaguardar su poltrona, puedo hablar correctamente y sin los ambages, eufemismos y mentiras de lo políticamente incorrecto. Simplemente, expreso lo que constata cualquier ciudadano de la menguante clase media española que no mora atrincherado en ninguna remota torre de marfil con aspecto del castillo del conde Drácula, ni vive en ninguna ciudadela residencial con cámaras, cancela y caseta de guardia de acceso, que no frecuenta los reservados de restaurantes de varios tenedores galardonados con premios gastronómicos que se compran, que no degusta vinos de más de dos o tres euros, que no trabaja ni estudia enchufado ni recomendado o se llama impúdicamente «empresario» por heredar una empresa paterna rodada, que no viaja en clase business como el vividor (metido a regenerador) de Vidal Quadras, que sí pisa realmente la calle porque no lo llevan en volandas a todos los sitios, que no va con escolta al quiosco de la esquina a comprar la prensa, que no lo cuelan en la cola del banco donde se pide «la vez», que sí se atreve a hacer la compra en cualquier supermercado de barrio como no se atreven a hacerla aquéllos por si les sacan los colores o «les cantan las cuarenta», que sí se deja ver en cualquier playa concurrida, y que no disfruta de toda esa familia de privilegios y exenciones ajenos a la postergada y silente Sociedad Civil real.

Sociedad Civil a la que, según mi idea, se le habría de hacer entender que, para superar el peligroso desencanto de nuestros conciudadanos respecto a la política y a los políticos es necesario el liderazgo moral de quienes han sabido integrar, en duradera identificación, lo que son y lo que representan, lo que proponen, lo que piensan y lo que dicen, hacen y han hecho. Son éstas las personas que cuentan con verdadera autoridad, estén o no en el ejercicio del poder. Pero qué nadie se siga llevando a engaño, o pretenda confundir al personal con quiméricos planteamientos de la peruana ciudad de Jauja. Ni somos todos tan buenos como decimos o creemos ser, ni todos los políticos son tan malos como aseguramos son, ni todos somos tan diferentes como aquéllos granujas del escaño o del solio que no han venido del planeta de raticulí. Ni todos los emigrantes españoles triunfan fuera de nuestras fronteras, ni están tan bien situados en países de destino donde, como en ningún sitio del Mundo, se atan los perros con longanizas.

Como cuestiones finales a invitaros a reflexionar: ¿Hay lo que hay y no otra cosa? ¿Puede SCD convertirse en alternativa política a la facticidad? ¿Asumirá alguien (en compañía de o sin amarguras) ese reto atesorando ese liderazgo moral?

 

Autor: Ramón Guillén para el Foro de Debates de la Fundación Civil.

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