Creo que mi voto es inútil para cambiar un modelo de Europa que no comparto (Elecciones 2014)

 

 

Tere 083 (2)

Mayo de 1994. Su Jefe de seguridad me recogió en un todo terreno en mi casa de Triana 63 para llevarme con el máximo grado posible de incógnito al despacho de Felipe González en Moncloa.La entrevista se concertó a través de Antonio Asensio, editor del Grupo Z, y se celebró cinco meses después de la intervención de Banesto. El secreto se fundamentaba en que la gente no entendería por qué el Presidente del Gobierno recibía al Presidente del banco intervenido y podrían pensar que aquello fue solo una operación política, lo que era obvio como la vida misma, pero durante veinte años han tratado —y siguen— de confundir para que nadie fuera consciente de la inmensa estafa cometida.  En cualquier caso, supongo que a muchos sorprenderá esa entrevista asumiendo que el banco llevaba mas de cinco meses intervenido y que incluso la Fiscalía había abierto Diligencia Informativas… En fin, en lo que ahora interesa, una de las materias que abordé con aquel hombre, con el que habia mantenido una relación fluida antes de darme cuenta de su verdadera talla moral, consistió en la proximidad de las elecciones europeas que ese mismo año iban a celebrarse, concretamente el 12 de Junio. El cinismo de González se manifestó con la soltura de quien ostenta maestría en consumir poder

—Mira, Mario. De vez en cuando hay que perder alguna elección. Las europeas son las mejores para esto,  porque no importan demasiado y la gente te castiga sabiendo que no va a pasar nada serio. Otra cosa son las generales

Confieso que al regresar a mi casa y repasar la conversación, me seguía golpeando por dentro el cinismo de todo lo referente al “modelo Europa”. Por un lado, se proclama con extraordinario énfasis el europeismo imprescindible. Por otro, se devaluaba en su importancia política. Ya disponía de experiencia sobre ese modo de pensar después de haber conversado con el portugués Cavaco Silva, pero a uno le cuesta mucho acostumbrarse a vivir en medio de ese magma de cinismos orquestados.  Pero, sea lo que sea, lo cierto es que en ese punto concreto González acertó

En las elecciones de 1994 el PP aventajó en diez puntos al PSOE, pero dos años después, a pesar la corrupción reinante en el PSOE, en las elecciones generales Aznar solo aventajó a González en un puñado de votos, y eso debido a que las filtraciones sobre el caso GAL alejaron del voto socialista a muchos fieles que prefirieron, por pudor, decencia, coherencia o simplemente asco, refugiarse en IU, lo que llevó a Aznar a pedir el voto a Pujol y Arzalluz  —olvidándose de sus posicionamientos independentistas— mercadeando con competencias estatales que fueron transferidas al servicio de un proyecto personal de poder.

Casi veinte años después, Rajoy, Presidente del Gobierno español, asegura en una entrevista a varios periódicos europeos que lo que le preocupa es que “Alemania tenga claro a donde vamos”. Es la mejor manera de afirmar que nosotros, los españoles, en este concierto europeo, en la llamada Unión Monetaria y Política, somos convidados de piedra, espectadores de platea,  receptores de decisiones tomadas fuera de España y construidas sobre el loable propósito de nuestros acreedores de cobrarnos lo que en su día nos dieron prestado. España no es libre para resolver sus problemas, dijo en el Parlamento Rajoy antes de rezar en soledad para que Dios aclare las ideas alemanas, porque, visto lo visto, nuestro futuro como españoles se cuece con caldo teutón. Lo peor: tiene razón. El margen de libertad, dentro de la disciplina euro, que dispone España para tratar de ajustar las decisiones foráneas a los intereses de su sociedad, es mas bien estrecho. Hay mentes claras que están convencidas de que la disciplina que nos imponen desde la UE es lo mejor que nos podía ocurrir. Hay que saber respetar las ideas ajenas, pero un paseo por España parece que contribuye a no pensar de la misma manera, al menos no con semejante rotundidad.  Hemos cedido soberanía financiera y ahora en supuestos como el caso Parot nos damos cuenta que adicionalmente hemos transferido soberanía jurisdiccional, aunque —esto sí— su ajuste al caso concreto depende de la dimensión política del asunto, de los intereses en juego, de lo que afecte al poder, al Sistema de Poder..

Pues bien, en 2014, veinte años después de 1994, de nuevo nos llaman a las urnas. Un dato de interés: en ese año, en el 1994, la participación fue del 59,14%, que contrasta con el 44% de 2004 y 2009. El clima hoy es muy diferente incluso al propio de 2009. En ese año ya sufríamos la crisis, pero todavía muchos ingenuos creían que era algo mas bien coyuntural y que la panacea del euro y la disciplina procedente de la UE nos libraría pronto de sufrir sus desperfectos. Hoy no. Solo los que no quieren saber lo que pasa siguen afirmando que casi no pasa nada. Gamonal, el barrio de Burgos, se ha convertido en un cierto emblema.Son demasiados los españoles atentos al brutal paro juvenil, al destrozo empresarial, a las inconcebibles cantidades de dinero puestas al servicio de reparar los estragos causados por ciertas entidades bancarias..En fin, que el clima social es muy diferente y el descrédito, el desprestigio, la ruptura del mito de la panacea del bienestar europeo se instala por muchos lugares, y no sólo en España, porque incluso en Inglaterra se asegura que mas del cincuenta por ciento de la población quiere decir adiós a la Unión Europea, y hasta los alemanes, los grandes beneficiados del euro, parece que mayoritariamente quieren que los “flojos” del Sur abandonen la Unión. No solo en España sino en Europa en general las encuestas evidencian que apenas quedan restos con olor a ceniza de aquel entusiasmo desbordante —e ingenuo— del proyecto inicial.

Y en este clima,  mas que pontificar cual debe ser  nuestra actitud, que no es mi misión adoctrinar, ni siquiera sugerir,  sino simplemente reflexionar, asumiendo el acierto y el error, voy a relatar como me siento por dentro en este asunto. Y mi pensamiento gira en torno a dos ideas. La primera, que mi voto es perfectamente inútil para cambiar un modelo de construcción europea que no comparto. La segunda, que siendo inútil para eso, puede ser utilizado para legitimar la pervivencia de un Sistema en España que tampoco comparto.

Ante todo, tengo conciencia de la mas absoluta inutilidad de mi voto en cuanto a la política final, económica y generalista dentro de la UE. No se trata solo de que el número de escaños que nos corresponden son inertes en el contexto del Parlamento europeo, sino que, incluso, voy mas allá, porque el propio Parlamento, en relación con el Consejo de Ministros y demás órganos ejecutivos, no es que sea un convidado de cartón piedra, pero se parece bastante. Las decisiones de Europa —al menos en mi conocimiento— no se toman en las instituciones sino fuera de ellas. Los órganos colectivos solo formalizan, documentan, adornan las decisiones adoptadas fuera de él. Y no nos extrañemos porque en España sucede esto cada día de Dios. ¿Acaso no corresponde al Parlamento nombrar a los miembros del Consejo del Poder Judicial? ¿Acaso no son los nombrados quienes eligen a su Presidente? Pues si, pero la realidad obscena reside en esto: tantos a los miembros como al Presidente los nombra el acuerdo Rajoy/Rubalcaba. Y punto, que no final, sino seguido, porque casi todo funciona de ese singular modo democrático. Porque si esto hacen y a las claras del día con la Justicia, que es por definición lo mas independiente que se despacha, que no harán en otros barbechos en los que no se reclama con tanto ímpetu

No participo en absoluto de este modelo de construcción europea que se encuentra viciado de deficit democrático en su comienzos y que ha evidenciado una estructura real de funcionamiento en la que el criterio europeísta es poco mas que un eufemismo que fenece a manos de los sempiternos — comprensibles— intereses nacionales.    Alemania, que es el verdadero dominus operis de Europa, se niega a eurobonos, a supervisión bancaria única, a someter a sus instituciones financieras mutuales a los mismos test que exige y reclama para el Sur, a cualquier cosa que signifique o simplemente huela a un mínimo de solidaridad en la construcción del proyecto.He visto los gigantescos superávits comerciales de Alemania y las penurias de los que obtienen los países del Sur. He comprobado los índices de paro de ellos y de nosotros. He visto cono el proceso de separación de niveles entre las economías europeas se ha acentuado. He comprobado como hemos caído en niveles de renta. He visto penuria, pobreza, tristeza por este lado de la llamada Europa y dosis nada desdeñables de desprecio hacia nosotros en territorios mas fríos que los nuestros.

¿Es pensable irnos del euro como proyecto español? Se puede pensar, imaginar incluso soñar. Pero…Tiene razón Ghymers: el desastre sería brutal: Se generaría una depresión europea descomunal y hasta mundial, que nos alejaría aún mas de este nivel inferior en el que hemos caído. Lo entiendo y le doy la razón. Pero al mismo tiempo creo que debemos hacer algo y algo muy serio. Porque si bien es cierto lo que dice Ghymers, — profesor de Lovaina y uno de los padres del euro,— no es menos que en ese mismo instante la banca y la industria alemana desaparecerían de un plumazo. La banca en un minuto y la industria en algo mas de tiempo, pero toda su competividad se esfumaría. Nosotros lo pasaríamos muy, muy mal. Sin la menor duda. Pero los alemanes también. Así que como español no me parece razonable seguir en un modelo en el que ellos ganan y nosotros nos queda aplaudir. No lo admito. Por tanto, o Alemania cambia, o acepta reducir sus déficits, o sube sus salarios, o nos deja sitio para respirar y vivir, o, entonces, ante esa intransigencia, ante semejante intolerancia y muestra de insolidaridad, entonces no nos dejará mas opción que, ya que no podemos compartir riqueza, compartamos entonces el desastre.

Seamos sinceros: el proyecto euro  está muy lejos de responder a la idea con la que fue concebido, como testificó de modo rotundo y claro Christian Ghymers en el acto organizado en el Ateneo de Madrid por la Fundacion Civil pasado día 12 de Diciembre. El prestigioso economista reconoció que el fracaso del euro es un hecho, —no todo padre reconoce con facilidad el fracaso de su hijo— que no tenemos un euro sino cuando menos dos, que los costes de financiación de las pymes españolas son enormes en relación con el de sus homólogos alemanes, que los riesgos de demolición siguen vivos, que Alemania denuncia cada intento del BCE de operar como prestamista de última instancia..En fin, que no. Como diría Ortega no es esto, no es esto. Y al igual que la profesora de Economía Financiera, Mónica Melle, que participó con brillantez en el mismo acto, ambos acabaron por reconocer que lo lógico hubiera sido empezar por dos euros, uno del norte y otro del Sur, que fue la idea que le expuse con claridad meridiana al entonces Presidente del Gobierno, Felipe González, y no en una sino en varias ocasiones, y a la que estaba ajustando el proyecto Banesto, porque para algo y por algo compramos un banco en Portugal y nos situamos cerca de cerrar la compra del correspondiente italiano. Pero las obediencias políticas —amén de la ignorancia y la amoralidad— desprecian los razonamientos con solvencia para atender al reino de la nunca bien ponderada conveniencia.

Y cuando me hablan de “más Europa, pero otra Europa”, lo que les pido por favor es que me concreten en qué consiste esa “Otra “ Europa y en que se traduce ese “Más Europa”, porque ya no consumo palabras ni un minuto mas, porque dispongo de sobrada experiencia para certificar que las palabras de los políticos tienen la consistencia de la masa de hojaldre que se usa para ciertos dulces de artesanía en mi tierra galaica. Y como no creo en ellos y como mi voto no sirve para, ni directa ni indirectamente, modificar un milímetro de espacio ni un miligramo de peso la atalaya que se han creado a su imagen y semejanza, no quiero que sirva para que digan que participo, que en ellos confío.  Y no acepto que  no votar es no ejercer la democracia, porque  la democracia es el derecho a votar, pero no la obligación de votar a unas listas cerradas en cuya elaboración no he tenido la menor intervención.

Y no sólo nos les creo sino que, además y por si fuera poco, estoy convencido de que están jugando con fuego.  Hablan de acelerar la Union Política, con eso de “mas Europa”. Como dijo el Profesor Ghymers en el acto del Ateneo eso sería caminar hacia el puro y duro infierno.  No puede existir una Unión Política sin que exista una identidad política europea. Ya el euro supuso comenzar la casa por la terraza y así nos ha ido. Una unión monetaria plena sin unión fiscal/política de idéntica intensidad es un despropósito total. Precisamente por eso el euro ha provocado los efectos que ha generado; debido a ello tenemos al menos dos euros y las diferencias en costes de financiación. El papel lo resiste todo. Los diseños políticos, también. Lo malo, lo peor, lo trágico, lo inasumible es que sus errores los paguen los individuos, las empresas, las familias a las que se vendió el euro como la gran panacea y la cura de todos los males. Recuerdo aquel anuncio en el momento del nacimiento en España de la Moneda Unica, propiciado y alentado por el Gobierno de Aznar, en el que aparecían dos viejecitos y uno le decía al otro que gracias al euro ya no tenían que temer en el futuro por sus pensiones…Eso es una estafa política pura y dura, y no se puede dejar que estas cosas sucedan sin exigir responsabilidades, a menos que decididamente asumamos ser súbditos de nuevos señoríos jurisdiccionales convirtiendo en estériles los sacrificios de aquellos hombres que en siglo XIX dieron su libertad y hasta su vida para abolir estructuras impropias de eso que llamamos humanidad.

No existe una identidad política europea. No le demos vueltas porque es evidente de toda evidencia. Europa es hoy un referente cultural, y su esencia es la diversidad. Conoce y alimenta el Derecho Romano y el Germánico, el modelo constitucional continental y el anglosajón, la idea de la propiedad y gewere germana, las diferentes lenguas, esencias de cada cultura, la música alemana, el color mediterráneo, el arte italiano, la filosofía griega, el pragmatismo anglosajón, la sequedad nórdica…Grande Europa en su propia diversidad, y lo digo porque es en la diversidad en donde crece la planta de la libertad real. Todos los dictadores tienen la tentación —y algunos lo consiguen— de uniformar a los súbditos para que cada individuo sea un elemento mas de un colectivo en el que la propia individualidad se diluye en el agregado masa.

No tenemos un sujeto constituyente —identidad política— que legitime de base una constitución política europea. Somos cultural y geográficamente europeos, pero el peso del Estado Nación, guste o no, sigue siendo poderoso. ¿Como va a ser de otro modo si hemos retorcido el trozo de historia que nos ha tocado vivir? Europa se forja en cultura, pero también en violencia, en sangre, en libertades cercenadas, en vidas sesgadas, en dogmatismo de intolerancia, en pueblos enfrentados. ¿Pero es que nos olvidamos que hace nada Hitler ocupaba Francia, que Felipe V de Bourbon vino a España con el encargo de su abuelo —formulado por escrito— de incorporar España a Francia? ¿Es que nos hemos olvidado de la monstruosa matanza de Occitanos con la excusa de la herejía cátara para que el reino de Neuilly, mas conocido como Francia, pudiera acceder a esa parte maravillosa del Mediterráneo? No somos un producto generado desde la nada sino que participamos de una conciencia global. Si no entendemos esto caminaremos a ciegas hacia un precipicio irreversible. Operar sin este dato sería un suicidio de proporciones brutales. Si en un Estado como el español, la debilidad estructural de la identidad política española se está mostrando como la causa de los problemas que nos toca vivir, ¿qué sucedería en una unión política con fórceps entre Estados en los que perviven identidades forjadas en cientos o miles de años?.

Seamos sensatos y no artificiales poetas de una lira fingida. Tenemos que construir una identidad política europea, de acuerdo, pero despacio, paso a paso y de la única manera en la que se puede alcanzar: la Universidad, la Cultura, el conocimiento e intercambio de los modos de ser para tratar de alcanzar consenso en los modos de comportamiento, sin perjuicio de singularidades inalienables. Cuando tengamos jóvenes europeos que, al margen de su lugar de origen, circulen en el conocimiento de Europa, de sus vidas y costumbres, de su modo de ser, y que ese bagaje sea capaz de superponerse sobre el propio original, ese será el momento en el que podremos empezar a pensar que disponemos de un sujeto constituyente porque aparece en nuestras vidas la verdadera identidad política europea. No lo veo nada fácil, a fuer de ser sincero, pero en todo caso lo contemplo lejano, necesitado de mas de una generación.

Y particularmente creo que podría ser conveniente comenzar por estructuras símiles, por ejemplo, el Mediterráneo, en donde los países que lo integramos participamos de un modo-de-ser y de pensar con bastantes zonas secantes. ¿Por qué  no creamos zonas de identidad símil para ir construyendo era identidad política europea? ¿No es mas fácil agregar dos o tres “modelos identitarios” que operar con la enorme fragmentación existente? Es una idea que puede acelerar el proceso, pero en todo caso, mientras no existe una identidad política europea no disponemos del adecuado sujeto constituyente, y en ese caso la Unión Política sería un producto de artificio.  Me siento, claro, miembro de Europa, pero no de esa Europa que están edificando con semejante deficit democrático real y con ausencia de los imprescindibles criterios de solidaridad. El día en que me sienta de utilidad para cambiar ese modelo cambiaré mi modo de utilizar mi voto. O si alguien consigue convencerme de que mi razonamiento es equivocado.

Ya se que alguien me dirá que no gano nada no votando porque de ese modo es seguro que no conseguiré transformar el modelo de construcción europea. Correcto, de acuerdo. Pero me resulta igualmente seguro que por el procedimiento del voto no solo no contribuiré al cambio sino que legitimaré el proceso actual. Solo un rechazo generalizado de la ciudadanía europea podría hacerles pensar que el camino es equivocado, y con todo y eso dudo mucho que alteraran su hoja de ruta.

Y, además de que mi voto es inútil para cambiar la Idea de europa Burocrática, resulta que si lo emito puede, encima, servir para contribuir a legitimar en España un Sistema en el que no creo. Pero esto es materia de otro artículo.

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