La experiencia de vestir la toga y el síndrome de Estocolmo

yo abogado negro textura copia medioMuy posiblemente llegue el día en el que in extenso me dedique a comentar las variadas sensaciones derivadas de la experiencia de haber vivido como uno de los protagonistas el proceso seguido contra el FC Barcelona por la empresa MCM a la que en mi condición de letrado representaba. Ello exige esfuerzo, claro, porque no es cosa de ponerse a frivolizar sobre asuntos de semejante envergadura, y se reclama un poco de respeto por todos los intervinientes, no solo por el órgano jurisdiccional, sino por las demás partes y personas afectadas en el proceso, léase letrados, peritos y testigos, y hasta los sufridores que, sentados en los escasísimos espacios reservados al público en la Sala 21 de la Ciudad de la Justicia de Barcelona, asistieron pacientes a las sesiones, unas largas y tediosas y otras con enjundia jurídica, humana, económica y profesional indudables.

Desde el lejano año de 1994, al mas inmediato 2010 — que se aleja a velocidad de vértigo a medida que cumples año tras año— he vivido rodeado por la llamada Administración de Justicia (sic), si bien en una posición diferente, sentado en un banquillo, encerrado en una prisión, declarando frente a tribunales y fiscales inquisitoriales y sufriendo —es mi experiencia y opinión— las consecuencias de lo que yo llamo el “Torcido”, por oposición a Derecho, que debería ser lo que aplicaran los dotados de potestad en esas instancias. Pues no. Aplicaban el Torcido, en mi opinión, por supuesto. Lo malo del asunto es que mis conocimientos del Ordenamiento Jurídico español no eran nada despreciables. No sabría decir si un fontanero, un electricista, un ingeniero o un informático están ajustando sus trabajos a los patrones de la ortodoxia propia de sus profesiones. Pero en el mundo del Derecho por supuesto que sí. Y eso es lo malo. Un lego no tiene claro si se violan o no sus derechos, los principios jurídicos básicos, la esencia de lo que llamamos el Ordenamiento Jurídico y sus Principios Generales del Derecho. Pero yo si. Y sin que suene  a exceso de vanidad, diré que no sólo lo conozco sino que en muchos casos con mucha mayor intensidad que los propios agentes del Torcido. Y se violaron en muchas ocasiones. No en vano así lo declaró, respecto de la sentencia del Tribunal Supremo del año 2002, el Comité de Derechos Humanos de la ONU. No deja de ser interesante que se condene al Estado español por violar los derechos humanos reconocidos en un Tratado Internacional firmado y suscrito por España.

Pues bien, al vestir de nuevo la toga sentía responsabilidad porque respeto el mundo del Derecho. Lo mío debe ser una suerte especializada de síndrome de Estocolmo porque a pesar de todos los pesares, aún asumiendo los terribles costes humanos, económicos, personales, profesionales, familiares y de todo orden que la peripecia de mi sometimiento a los Tribunales de Justicia (sic) representó a lo largo de 16 años de mi vida, aún con todo y eso, en mi fuero interno sigo sintiendo un terrible respeto por el Derecho y aunque resulte inconcebible me dedico, con una intensidad poderosa, a la lectura de temática jurídica variada. Insisto, debe ser una suerte de enfermedad rara, de la que yo creo que no hay cura. Las brutalidades debieron actuar como cistostáticos,  como quimioterapia del alma, destrozando todas las células interiores en las que se alojaba mi amor por el Derecho. Pues no. Al igual que sucede en ocasiones en el mundo de las enfermedades tumorales, no funcionó y la células negras nacidas de la contemplación de la brutalidad cedieron ante la fuerza de las células blancas en las que se aloja la comprensión de que sin una Justicia limpia y un Ordenamiento adecuado a los verdaderos valores del ser humano, nunca tendremos una convivencia que merezca ser llamada “humana”. Admito que carecemos de ella. Y por la misma razón el principal de nuestros empeños debería centrarse en recuperarla, si es que alguna vez existió, o en instaurarla de una vez y para siempre, lo que no deja de ser una ilusión onírica de largas noches y tibias madrugadas.

Llegué al Tribunal con la experiencia de los males de la Justicia. La ausencia de medios materiales. La acumulación de causas que impiden al Juzgador examinarlas con la seriedad y atención debidas. La precariedad de muchos medios de prueba, en fin, de factores que afectan a la rutina —importante, por cierto— de la vida judicial. Pero lo que mas me inquietaba era si volvería a encontrarme con la desidia, la ignorancia y la corrupción en sus diferentes formas. Porque presidiendo el acto, sentados a ambos lados del estrado presidencial y ocupando sucesivamente las plazas de testigos y peritos, iban a comparecer, a decidir, a exponer, personas, individuos, seres humanos. Y eso es terrible. Porque la experiencia de mi vida es la desesperante endeblez del producto humano, la fragilidad de sus arquitecturas morales, la ausencia de respeto por sí mismo, el terrible poder del plato de lentejas, la dominación de lo conveniente sobre cualquier cuadro de convicciones. Era mi experiencia. Tenía miedo de que el proceso, ahora desde una posición diferente, sentado como letrado, vestido de negro y no ocupando la plaza de imputado, —que en mi caso era condenado-ab-initio— sentía temor de volver a vivir la miseria humana en cualquiera de sus facetas. Me importaba la sentencia, claro, que para eso defendía. Pero sobre todo, no como letrado sino como persona, como alguien que, como antes decía, ha visto secuestrados 16 años de su vida por el Torcido, —y aun colea con decisiones aberrantes— sentía esa profunda inquietud de volver a ver al ser humano envuelto en un mar de intereses en los que la altura de las olas y la intensidad del viento suelen llevar a refugiarse en las estancias de quienes tienen la barca segura, preñada de poder, a costa de lo que fuera, porque primero —dicen— es vivir, y solo después de situarte en la vida puedes preguntarte cuales son tus convicciones, preguntas que ni siquiera se formulan porque de antemano ya saben que su única convicción profunda es seguir aquellos que conviene a sus intereses.

Recuerdo a una amiga que me decía al oír estas consideraciones: no hay duda de que eres muy inteligente, pero para la vida no eres nada listo. Entiendo que la listeza, en este sentido, equivale a la ausencia de patrones morales. Listo es el que gana. Punto y final. Emplee los métodos que emplee. Como dijo aquel rey de Granada: en la guerra si ves que no puedes ganar, engaña. Siempre he tenido dudas acerca de esa frase. Quizás con la mentira se ganen batallas, pero creo y confío que son esas miserias la guerra final no se gana.

Pues de todo hubo y por su orden y sobre algunas cosas no me puedo pronunciar ahora. Entonces, ¿por qué escribo?. Primero porque quiero, que leer no es obligatorio. Segundo para que se comprenda la experiencia. Tercero porque los valores en juego, aunque muchos no lo sepan, son decisivos en nuestra convivencia. Cuarto porque puedo decir que de todo hubo. El espectáculo de los testigos y los peritos, en mi modesta opinión, fue , digamos, ilustrativo…. Ver una prueba testifical con todas las apariencias de haber sido concordada, como se decía de antiguo, contemplar a unos individuos repitiendo sin entender unos mantras jurídicos era, primero llamativo, después divertido, para acabar en un estrambótico demoledor. Peritos que alegaban títulos profesionales para en sus declaraciones dar la sensación triste de la duda sobre su utilización táctica. Me decían mis compañeros de faena que no me irritara que las cosa son así. Y supongo que tienen razón, porque, como digo, esta es mi primera experiencia directa en esa posición de letrado desde hace muchos años. Un retornar para comprobar que aunque cambie el titulo permanece incólume el contenido de la película ya vista varias veces.

De todo debe haber en la viña del Señor, como se decía de antiguo. En la vida, en cada instante se nos ofrecen dos caminos a elegir. Hay muchos mas viandantes en uno de ellos —el Torcido— que en el otro —el Derecho— y no solo en la Justicia sino en nuestra convivencia en general.

Por si  lo humano no fuera suficiente, lo político preñaba el proceso, porque como dicen algunos el FC Barcelona es algo mas que un club y su capacidad de presionar casi ilimitada. Bien es verdad que el proceso coincidió con un momento en el que la cúpula del FCB esta imputada por supuestos delitos en la Audiencia Nacional y eso influye. Por ejemplo, personalmente creo que Sandro Rosell —ex presidente del FCB— empleó el “ no me acuerdo” por ser esta la suerte de declaración que debe estar utilizando ante el Tribunal Penal.

Queda tiempo para la sentencia. No serán veinte días, según todos los indicios. No quiero en este momento, a pesar de que me lo reclaman,  ir mas allá en el comentario. Ya estoy escribiendo, pero no publicaré —si es que finalmente lo hago— hasta que el Juez dicte su resolución. Insisto en que lo mío debe ser síndrome de Estocolmo. Porque creo que visto lo visto en este regreso a ese mundo, lo único que merece la pena es seguir luchando, peleando, actuando —y no solo gritando—  para cambiarlo.

Twitter Digg Delicious Stumbleupon Technorati Facebook Email

Comments are closed.