El hombre creado por esta sociedad es en muchos aspectos bastante lamentable

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El hombre…Decía Protágoras que es la medida de todas las cosas…”Y es que no hay mas que individuos”, dijo Madariaga.” El gran desafío consiste en dotar nuevamente de contenido humanista a nuestros proyectos colectivos. En recuperar al hombre”, señalé en 1993 en La Universidad Complutense de Madrid. Todo eso indica una cosa clara: la clave de la convivencia humana reside en el hombre. Pero ¿qué hombre estamos fabricando?. Mejor dicho, ¿qué hombre, qué producto humano hemos conseguido tener en estos trágicos instantes de la civilización Occidental?.

No tengo duda: la calidad de un modelo social, económico, político y financiero depende de la calidad de los seres humanos que lo administran y dirigen. Y eso, guste o disguste, moleste o agrade, se centra en algo tan simple como esto: en su arquitectura moral. Como ha escrito Guillermo de Miguel Amueva,”la ruina de una civilización solo puede obedecer al abandono de los principios que determinaron su construcción”. Y eso implica que la arquitectura moral de esos individuos ha corporeizado ese abandono. ¿Estamos en esa situación?

No tengo duda. El producto humano que hemos confeccionado en estos albores del XX y comienzos del XXI es en demasiados aspectos lamentable. Nos empeñamos todos los días, mañanas y tardes en que se nos llene la boca con la “dignidad y la libertad inherentes a la condición humana”. ¡Qué bien, ¡qué bonito! Y, ¿de nuestra conducta real, qué? Porque me aburren, me cansan las palabras de los humanos, sobre todo de quienes las usan para confundir, engañar, mentir con el propósito de dinero o poder. Y no son pocos. Lo lamentable es que son muchos los que las aceptan. No sé si las escuchan, pero las incorporan a su conducta. ¿Porque creen en ellas? Supongo que no. Mas bien porque funciona el dame pan y llámame tonto. 

Es el relativismo moral, la vocación de súbdito, la ausencia de principios definidos, el abandono de las bases de nuestra civilización lo que fermenta en el interior de demasiados individuos que conforman esta fase de nuestra existencia individual y colectiva.

Fueron tres italianos, Ferri, Colajani y Tarde, los que esbozaron el concepto de inmoralidad media estructural de toda sociedad humana. Lo entiendo. Pero tengo la sensación de que el listón de esa inmoralidad ha ascendido de manera implacable y peligrosa para nuestra civilización. Nuestra libertad se edifica sobre un campo plagado de cadáveres, de aquellos que por ella dieron su vida. Nuestras creencias, nuestro modo de pensar colectivo, nuestros valores,  no nos han caído del cielo, sino que son el resultado de un surco trazado por algunos hombres a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, plagada, por cierto, de genocidios, de intentos del hombre por eliminar al hombre disidente, por exterminar a la peligrosa especie del ser humano que no solo piensa, no únicamente se pregunta el por qué de las cosas, no solo sueña con un mundo mejor, no se dedica en exclusiva a consumir poesía, sino que quiere la acción, el trabajo concreto, el esfuerzo, la voluntad de hacer verdad en la vida aquello que es verdad en su alma.

Miremos el tipo humano que abunda y tendremos el juicio formulado sobre la calidad del modelo de convivencia social en el que nos situamos. Contemplemos la calidad humana de nuestros dirigentes y sabremos en qué territorio real nos movemos cuando del poder se trata. Cuando me hablan del poder del mercado les digo, que sí, que está muy bien, pero en el mercado hay hombres dispuestos a alterar sus reglas, por codicia, poder, ambición desmedida…Creer que el producto humano que hemos confeccionado, sobre todo el que ejerce poder, responde a los patrones sobre los que se edificó nuestra civilización occidental, no es que implique ser ingenuo, es que es casi suicida.

En política sigue vive la máxima de aquel rey árabe “en la guerra por el poder, si ves que no puedes ganar, engaña”. Cierta clase dirigente, política y no política, sigue instalada en la ciénaga. Lo malo, lo peor, es que no lo ven como tal, como una miserable ciénaga, sino que lo consideran algo así como las reglas de juego propias del poder, en donde lo único que cuenta es ganar. Lo de menos es el método para lograrlo. Y tienen mucha razón, en términos de poder, claro. Porque la sociedad considera triunfador al que asciende, al que se mantiene. Si para eso tiene que sacrificar nuestros valores sustanciales, si tiene que mentir, engañar, ejecutar a otros hombres dignos, encarcelar a la disidencia, prostuituir el debate, cortocircuitar las libertades reales, eso no cuenta. Se presentará como ganador. Lo malo, lo peor es que esta sociedad demolida lo aceptará como tal.

Por eso es tan absurdo seguir instalados en el cortoplacismo en política. Que si el bipartidismo está herido, que si los partidos emergentes, que si un soplo de aire, que si las municipales, que si la corrupción… Hojas de un árbol que no es otro que la degradación moral  del producto humano

Si no nos enteramos de que es urgente reconstruir el modelo educativo para recuperar desde la base esos valores por los que tantos dieron sus vidas y su sangre, no es que les ofendamos a esos mártires, no se trata solo de que escupamos sobre su memoria, es que caminaremos indefectiblemente hacia el abismo. Lo que ocurre es que esto pocos lo ven. El poder solo quiere saber de plazos cortos y de manadas largas. Trozos de poder para cada individuo dentro de la misma manada. Pero me sigue causando estupefacción como los que dicen ser amantes de la libertad se entregan con fruición a vivir como súbditos, y para ello se encaraman en una arquitectura moral en la que único valor es lo conveniente en cada instante.  Debe ser —supongo- que en la miseria moral se vive mas cómodamente, al menos para aquellos que como no saben —ni quieren- saber de dónde vienen y a dónde van, lo mejor es eso de la ley de la selva y el famoso “de lo mío, qué”. Pues eso. Lo que somos. Humanos…demasiado humanos

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