El Hombre político (último artículo en Fundación Civil de Juan Armas)

“¿Qué sería la vida si no tuviéramos el valor de intentar cosas nuevas?”
Vincent Van Gogh

En 1977, Televisión Española emitió en “La clave” un debate centrado en una de las actividades públicas más desconocidas y emergentes de aquel momento: la “actividad política”. Bajo el título “¿Quiénes son los políticos?”, José Luis Balbín moderó un excelente programa que contó con la presencia de cuatro ilustres invitados.

Uno de los participantes fue el ya entonces ex-Ministro de Justicia, Antonio Garrigues Díaz-Cañabate -abogado de profesión y fallecido en 2004 a la edad de 100 años-. Durante su intervención, Antonio Garrigues hizo hincapié en las graves consecuencias políticas que generalmente implica la constatación del perjurio en los países anglosajones, a diferencia de la permisividad generalizada con que se asume el perjurio en los países latinos como el nuestro. En los primeros, la condena moral del perjurio conlleva la “muerte política”, sin más… En los segundos, por contra, casi podría decirse que la mentira -como esencia del perjurio- ha perdido su dimensión moral, reduciéndose actualmente a una herramienta validada en política, comercio y economía. En otras palabras, a la sociedad le resulta perfectamente razonable una democracia como la actual, basada en el control, la corrupción y el engaño.

Argumentaba Antonio Garrigues que todo político, por su propia condición humana, puede hacer una cosa mal –“los hombres somos deficientes y falibles por naturaleza”- pero lo que no se puede hacer es perjurar. “Si se ha jurado decir la verdad hay que decir la verdad”. Y si se miente en su cargo y se descubre la mentira, su dimisión ha de ser un acto de honor implícito, innato, que nazca del mismo infractor como ciudadano y servidor público. Y si no existe ese honor que se le presupone al hombre político, que sea su partido el que como órgano institucional lo ejecute políticamente, manteniendo así saneada la credibilidad del partido y del sistema democrático en su conjunto. Señalaba también en su intervención, que lo que habría que evitar a toda costa es que en España se ejerciera política con la mentalidad maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, por cuanto supondría el envenenamiento del espíritu democrático del Estado. Parafraseaba finalmente a San Agustín, pronosticando que de seguir ese tentador camino, caeríamos en la degradación del “sé político y haz lo que quieras”.

Otro de los cuatro invitados fue Reginald Maudling, miembro del Partido Conservador Británico, que puso sobre la mesa una idea muy actual, que merece un debate aparte por su trascendente importancia como dogma: “La democracia sobrevive gracias a la política. Si se destruye la fe que se tiene en la política y en los políticos, se destruye la fe en la Democracia”. Para Antonio Garrigues, el “político puro” -el puro animal político- es un individuo que como persona no siente nada. Su empatía humana se halla desensibilizada por la lógica pragmática del poder. Cuando miente no miente. Para él, mentir o decir la verdad son elementos puramente instrumentales pero en sí mismos no son valores prioritarios. El “político humano”, por contra, tiene que ser al mismo tiempo actor y autor, autor y actor… No sólo repetir las consignas que el intelectual le anota, sino tener un interés vivo, pasional, hondo y honesto por llegar a cabo el proyecto desglosado en su programa electoral. Un Político con P mayúscula ha de” pasar el rubicón: en algún momento de su carrera ha de dar un paso hacia delante quemando todas sus naves. Hasta que no viva esta experiencia, nos encontraremos siempre ante un político a medias –afirmaba Antonio Garrigues.

Para el tercer invitado, Joaquín Ruiz-Gimenez, Ex-Ministro de Educación, el “político humano” ha de tener como individuo una gran sensibilidad por los problemas humanos; aparte, gran transparencia y honradez. El político ha de mantener la fidelidad al pueblo al que representa, pues la nobleza de este vínculo es lo que otorga una dimensión de carácter ético profundo a la Democracia. Para Antonio Garrigues, un Político –con P grande- ha de tener junto a la técnica exigida, una dimensión experiencial enraizada del espíritu humano en sus luces y sus sombras.

Según el cuarto invitado, Michel Jobert -Presidente del Movimiento de los Demócratas de Francia-, “en los hechos”, la moral o la inteligencia no son factores determinantes en la política moderna. Se trata ante todo de que el “hombre político” haga su labor con la misma entrega y eficacia que consiguen los buenos artesanos, en el sentido metafórico del término. Sin duda, cultivarse como persona hace más completo al político como gestor, pero a criterio de Michel Jobert, cualquier persona puede hacer política si sus decisiones resultan eficaces para los intereses de sus conciudadanos.

Cómo se llega a la política

La Democracia tiene que sentirse como algo vivo en la población. Si la actividad política está realmente abierta, si se pueda entrar y salir de ella con facilidad, entonces la Democracia es algo que viven los ciudadanos como una realidad. Si hablamos de un político que ha convertido su labor en carrera, entonces hablamos de un “especialista”.

Antonio Garrigues pone como ejemplo el caso del Catedrático de Economía Flores de Lemus, que llevaba tiempo como asesor en el Ministerio de Hacienda. Cuando el ministro de turno le ordenaba que había que modificar el presupuesto, preguntaba: “Si, señor Ministro. ¿Se lo quitamos a los pobres o a los ricos?”… El presupuesto plantea una cuestión moral, como prácticamente todo acto político. Cuando se pierde de vista que toda decisión política, por leve que parezca, conlleva una cuestión moral, la política se convierte en pura habilidad, en pura técnica; en solventar problemas puramente materiales. Esta clase de político existen y desgraciadamente pululan, pero con eso no se va a ninguna parte -sentenciaba Antonio Garrigues.

Tras casi cuarenta años estas reflexiones adquieren una realidad tristemente profética. Ojalá algún día consigamos establecer como valores inexorables en nuestra convivencia, la justicia, la libertad y la seguridad. Para muchos supondría una utopía, pero sólo cumpliríamos con el deber constitucional de la nación española, expresado en la primera frase de nuestro Preámbulo Constitucional.

_______________________________________

El programa de La Clave puede visionarse íntegro aquí

 

 

Twitter Digg Delicious Stumbleupon Technorati Facebook Email

Comments are closed.