La Fundación

Hoy, 1 de enero de 2011, al situarnos virtualmente en esta página, contemplamos como comienza a materializarse un deseo profundo, algo que quizás también sin rubor calificaríamos de sueño, cuando menos de propósito, de aspiración, de anhelo. Un proyecto preñado de esperanza, de esas escondidas en la alacena del alma que muchos guardamos a pesar de que el inapelable transcurrir del tiempo en nuestro espacio nos haya mostrado como se negaba la mayor de todas las formulaciones tendentes a que la Sociedad Civil, la denostada y ahora cacareada sociedad civil, pudiera, no ya recuperar lo propio, lo suyo, sino siquiera tener una voz capaz de ser oída por aquellos que deberían administrar, y sólo eso, la res publicae. Una voz que no se limite a ser oída, sino que, en tanto que encerrara proposiciones justas y coherentes, se configurara como un aserto que debiera ser seguido, puesto que proviene de quienes, en puridad, son los que designan a los administradores de sus bienes y servicios comunes. Cualquier parecido de la realidad de los últimos años con un idílico diseño como el que acabo de perfilar, es mera coincidencia. Y lo malo es que además de idílico lo que propugnamos no es solo coherente y lógico, sino, sobre todo, la puerta que abre el acceso a las libertades reales, las vividas, practicadas, y no las meramente formuladas con cierta ampulosidad en textos llamados constitucionales y sus derivadas ulteriores.

En 1993, como todos sabéis, en el discurso Sociedad Civil y Poder Político, traté de poner el dedo en la llaga de las relaciones entre los supuestamente administradores y los dueños de la convivencia, -la sociedad civil- advirtiendo que se había producido una mutación copernicana: quienes debían ser administradores se erigieron en dueños, imponiendo el estatuto de mero súbdito, envuelto en la epidermis literaria de ciudadano, a los que les designaron para administrar sus cosas públicas. Joaquin Tamames, en una de nuestras reuniones de Patronato, dijo, con acierto gráfico y conceptual, que se trata de que ellos, los políticos, sean administradores. Yo enfaticé el éxito de la frase como síntesis, pero me equivoqué al añadir que “vuelvan a ser administradores”, y Joaquin, nuevamente con acierto, puntualizó, sin dejar de sonreír, en sonrisa ausente de toda malicia, que nunca lo fueron, que nunca ejercieron como verdaderos administradores. Posiblemente esté, como digo, en lo cierto, y para encontrar el rol de servidores, administradores de la cosa pública, haya que remontarse tan lejos en la historia, recorrer tanta distancia medida en kilómetros de tiempo, que mejor dejarlo así: que sean administradores verdaderos de nuestros bienes comunes.

Y esta “cultura” -por emplear expresión al uso- de dominio de los políticos sobre la sociedad civil se encuentra tan enraizada, tan aclimatada al habitat moderno, -por así llamarlo- que se ha incrustado en su subconsciente y se percibe con transparencia nítida en casi todos sus actos, y de manera singular en lo que constituye el primer eslabón del Estado de Derecho destinado a ordenar una convivencia: la labor de elaboración de leyes, de textos normativos. Y, tan curiosa como sorprendentemente, la sociedad no respondía frente a esos actos, como si le conviniera instalarse en la condición menor de súbdito, como si no le importara renunciar sin pudor al estatuto auténtico de ciudadanía a cambio de que el los, los nuevos dueños, fueran capaces de entregarles bienes tangibles suficientes con los que acallar una posible rebeldía de conciencia interior.

Esta inversión de roles no habría sido posible de no ser porque en la sociedad se instaló una arquitectura de valores que se convirtió en fermento de la degradación cualitativa de la administración de la res publicae. Siempre caemos en lo mismo: los modos de pensar condicionan, determinan, se convierten en modos de comportamiento. Por eso la gran ventaja de esta crisis, que tiene muchos aspectos positivos a pesar del dolor que causa, reside en la evidencia de la futilidad real de muchos de los integrantes, de la sustancia virtual y dañina de ciertos componentes, lamentablemente los dominantes, de esa arquitectura de valores. Hace algunos años, por ejemplo, los discursos de muchos de los altos dignatarios de empresas españolas, se llenaban ampulosos con la expresión, casi obscena, de crear valor como propósito final y exclusivo de toda empresa, financiera o del sector real. Y en su idea, en su código, crear valor era sencillamente aumentar el bolsillo del accionista, a costa de lo que fuera, incluida, por supuesto, la vida de la propia empresa. Ese crear valor se encuentra en la base del desmoronamiento de muchas unidades económicas. Pero ha servido para que la sociedad, al menos alguna parte de ella, perciba que consumir virtualidad acaba generando un sabor amargo, un despertar agrio, penoso, triste. Crear valor tendría todo el sentido del mundo si con esas dos palabras se significara una mejor convivencia. Es decir, si atendiéramos, como digo en el discurso arriba citado, al progreso técnico como un instrumento medial al servicio del progreso social, si asumiéramos que una convivencia humana no puede estar dominada en régimen de monopolio por el empirismo dinerario, ni por el deseo de acumular como único paradigma que legitima la actividad empresarial.

Un día de aquellos en los que mi libertad y mis asuntos me permitían viajar más allá del Atlántico, sentado en un despacho de una calle cualquiera, esto sí, con un número de portal inusualmente alto para los estándares madrileños y españoles en general, porque creo que era el 2125, conversaba con un argentino, un hombre culto, serio, profundo, magnífico analista y conocedor penetrante de la historia de su país, acerca de los males de un territorio como el argentino, que parecía, por sus dotes naturales, un hijo mimado de Dios. Y el hombre, en una síntesis apretada nacida de una reflexión continuada en el tiempo y ahondada en el espíritu, me dijo algo así: a los argentinos les falta algo elemental. Dominan el discurso teórico, pero no hacen lo que deben, y lo que deben es, sencillamente, ponerse a las cosas. Así que todo se arreglaría si los argentinos se “pusieran a las cosas”. Creo que la frase se convirtió en lema de uso corriente.

Desde entonces no me he olvidado de esa frase. La clave consiste en trascender de la teorización a la ejecución. Elaborar modos de pensar para que sean convertidos en modos de comportamiento. En castellano, en este idioma nuestro denostado sin sentido por quienes creen que para autoafirmarse necesitan negar al falsamente calificado de contrario, se podría decir más claro: dejar de cavilar y ponerse a trabajar, porque cavilar, lo que se dice cavilar, es algo que desde que apareció el Blog tiempo atrás, no hemos dejado de hacer, con mayor o menor acierto, con senderos en exceso tortuosos en ocasiones, a pecho descubierto en otras, pero consumiendo algo que nunca ha faltado, que jamás fue hurtado del fondo de nuestros comentarios: una buena intención, y por buena aquí se entiende un propósito de mejorar la convivencia. Ya sabemos, porque lo hemos repetido hasta la saciedad, que el hombre es la clave, que sin individuos dotados de una arquitectura interior adecuada será imposible una convivencia ordenada que merezca ser llamada humana. Lo sabemos, pero es hora de no esperar a que dentro de cinco o seis mil años la humanidad haya evolucionado de tal manera que lo idílico de hoy se convierta en realidad conductual del mañana. Y no hay que esperar por dos razones. La primera, porque, al menos yo, no veo fácil que pueda celebrar mi cinco mil cumpleaños en esta encarnadura, al menos en condiciones cerebrales más o menos dignas. La segunda, porque solo existe el hoy. El mañana lo edificamos, lo cincelamos, lo construimos con nuestros actos de hoy, y ya sabéis que cuando digo actos me refiero a conductas.

Bueno, pues a las cosas. Este es el lema de lo que hoy nace: ponerse a las cosas, además de no dejar de pensar y reflexionar. La inteligencia, por sí sola, se convierte en elemento inerte. La voluntad, sin inteligencia, puede acarrear demoliciones sin sentido. La unión de ambas, inteligencia y voluntad, con un patrón previo, un modelo, una definición del puerto de arribada, es lo que conduce a una acción ordenada. Así que a las cosas.

¿Qué cosas? Las nuestras, trabajar para que exista esa voz que pueda y deba ser oída por quienes deben ser lo que decía Joaquin: administradores. Y empecemos que ya es la hora. Ayer, en la reunión del Patronato, analizamos posibles temas para comenzar a caminar. Me parece que ya os dije que caminar aquí significa muchas cosas, y entre ellas organizar encuentros de debate. Pero, que quede claro, no queremos un debate que se circunscriba a nosotros, a los miembros del foro de debates FC, o, incluso, a los visitantes asiduos de esta página que hoy comienza. No partimos de planteamientos endogámicos, sino, todo lo contrario, abiertos, y lo más abiertos posibles a todos los que sientan la sociedad civil como una aspiración permanente.

Hemos visto algunas iniciativas que han buscado más lo espectacular que lo importante. Otras viven escondidas en lugares poco visitados de la Red. Todas ellas son bienvenidas. Nosotros no tenemos más título legitimador diferencial que el venir sosteniendo lo que hoy defendemos desde hace casi veinte años, cuando nuestros asertos provocaban sonrisas piadosas, comentarios compasivos, descalificaciones soterradas de apariencia misericordiosa, hasta que se percataron del peligro que encerraban ciertas ideas, peligro para sus intereses, se entiende, y por eso tomaron la decisión más expeditiva: eliminar al mensajero. Lo curioso es que pueden hacerlo mientras la sociedad civil -por llamarla en ese instante de algún modo- mira complaciente, indulgente y servicial hacia otro lado.

Más o menos a mediados de febrero se celebrará, si el tiempo no lo impide como ha sucedido en ocasiones con anunciados festejos taurinos, un primer encuentro-debate en el que, después de analizar los temas que tenemos encima de la mesa, que son largos, profundos y variados, se someterá a análisis el mejor modo y manera de organizar la iniciativa popular. Es decir, cómo y de qué manera los ciudadanos organizados en torno a una idea pueden convertir sus deseos en un debate parlamentario que acabe en textos normativos, al modo y manera en que, por ejemplo, se organiza en la Ley Suiza, y lejos del cicaterismo interesado de la Ley española que rige esta materia.

Quien tenga la paciencia de leer el discurso de Sociedad Civil y Poder Político podrá comprobar como el germen de esta idea aparece en sus páginas. Se trata de romper el monopolio de lo público por parte de los políticos. No solo debemos tener una clase política digna, formada, destinada vocacionalmente a administrar lo público, porque una clase política digna equivale a dignificar un país, sino que además debemos adecuar el modelo a la realidad de nuestros días. Hoy disponemos de instrumentos de comunicación que convierten en mucho más operativo que nunca el deseo de los españoles de participar en la gestión de sus asuntos. Sin romper nada. Solo permitiendo nuevos cauces.

Por ejemplo. Seguro que sabéis que acaba de ser reformado el Código Penal. La reforma es seria, profunda y lamentablemente ha pasado más bien desapercibida. Se genera en nuestro país una gran innovación: la responsabilidad penal de las personas jurídicas. Es la ruptura del viejo adagio romano, de profundo sentido lógico, que decía así: “societas delinquere non potest”. Yo, por cierto, nunca le he dado la mano a una persona juridica… Bien, pero dejando de un lado los posibles ascos dogmáticos, aislando el disgusto que provoca ver cómo se horadan cimientos del sagrado Derecho Penal, quisiera llamar la atención sobre un hecho que viene al cuento de este discurso nuestro. Para entendernos: ¿sabéis que un banco o una empresa pueden ser penalmente responsables y un partido político o un sindicato no? ¿Por qué no? Por una razón sencilla: porque los políticos hicieron esta ley, como todas, claro, y se dedicaron a decir que las empresas son responsables, pero los partidos políticos y los sindicatos y los ayuntamientos, por ejemplo, no. ¿Por qué no? Porque eso les afecta a ellos. Así que, debido a esa mentalidad que late de forma indeleble en su subconsciente, generan dos estatutos jurídicos, incluido el penal, diferentes: uno para los súbditos, otro para los detentadores de un poder que en puridad debería ser solo vicario.

Seguro que algunos os escandalizaréis al leer esto. Otros, que ya lo conocíais, seguiréis instalados en el ánimo que os provocó la noticia. A mí personalmente me indigna. No tanto por el dato concreto sino por el modo-de-pensar que evidencia el producto normativo. No puede ser. Conocemos partidos políticos que han instrumentado gigantescas operaciones de corrupción. Directa o indirectamente, que me da lo mismo. No puede ser que sea responsable una entidad empresarial y no lo sea el partido en cuyo seno, insisto, de manera directa o indirecta, se gestaron corrupciones amparadas en que los que tenían que tomar decisiones desde puestos públicos eran personas pertenecientes a la disciplina partidaria que les nombró. No es serio, no es propio de una sociedad hoy. Si un partido político se financia ilegalmente y fuerza incluso condenas a ciudadanos a los que obligó a suministrar fondos, debe sufrir las consecuencias y ser disuelto por alterar las reglas del juego esenciales en democracia. O cuando menos, si no disuelto, sí sufrir los rigores de la Ley.

Ya no me extiendo más. Creo que con esta carta inicial tendréis la idea clave que pretendemos transmitir: reflexionar, siempre, pero ahora, además, a las cosas. Ha costado muchos años llegar aquí. No desaprovechemos la oportunidad que esta crisis nos proporciona. Es un ejercicio de responsabilidad transitar desde la palabra a la cosa. Aquí sí que diría yo que la palabra tiene que llegar a ser la cosa. ¿Es un sueño? Seguramente, pero las sociedades que no consumen sueños se ven obligadas a digerir la acidez insoportable de lo real.

Mario Conde